por Alef Pérez
En la primera mitad del siglo XVIII, la población maya de Cisteil en la Península de Yucatán mostró signos de agotamiento por la explotación de los españoles, en especial por el tributo. Sus problemas eran recurrentes en la región. En tal contexto, en la localidad estalló una rebelión, que quedó plasmada en el recuerdo colectivo tanto de explotadores como de explotados.
En noviembre de 1761, Jacinto Canek habló frente los habitantes de Cisteil para plantear la necesidad de la sublevación por las acciones de los españoles en contra de la misma comunidad y de otras en la región (Katz, 2004: 88). Su palabras mezclaron elementos de culto católico y de la cosmovisión maya prehispánica. El mismo llegó a tomar una identidad mesiánica y fue coronado “rey” como una forma de darle rango dentro de su sociedad y el movimiento.
De un momento a otro, la comunidad de Cisteil estuvo en franca rebelión y otras mandaron hombres a la misma como centro de la sublevación. En buena medida, el odio a los españoles fue el elemento articulador del alzamiento.
Frente la rebelión, los españoles de la Península de Yucatán mandaron una expedición para someterlos, aunque la misma tuvo un final desastroso. Por su parte, Canek y sus hombres disfrutaron su momento de victoria, aunque no lograron aprovechar la situación, fueron incapaces de acrecentar su red de alianzas o ampliar su zona de influencia.
Frente su primer fracaso, desde Merida, los españoles reorganizaron sus fuerzas y volvieron a atacar a la comunidad de Cisteil con alrededor de quinientos hombres. En aquella ocasión, derrotaron a los rebeldes, que encontraron refugio en la Hacienda de Huntulchac, donde volvieron a perder, algunos escaparon y otros junto con Canek fueron capturados.
En diciembre de 1761, Canek llegó como prisionero a Merida y fue condenado “a ser roto vivo, quemado su cuerpo y esparcida sus cenizas por el aire” (Semo, 1982: 288). Los considerados principales dirigentes de la rebelión sufrieron el mismo destino. En buena medida, los españoles buscaron evitar otra insubordinación a través del castigo ejemplar.
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