En buena medida, la posrevolución tuvo su elemento más relevante en la institucionalización, lo cual terminó por estar representado en la consolidación y fortalecimiento de la figura presidencial. De forma menos destacada, el crecimiento de la burocracia formó parte del mismo proceso, esto para poder administrar la creciente intervención del gobierno en los diversos aspectos de la sociedad mexicana.
En el gobierno como burócratas, los hombres comenzaron a llenar los nacientes puestos laborales. Es de considerarse, tal grupo social resultó relativamente nuevo por la constante ampliación del aparato gubernamental en la posrevolución. Sin duda, existieron trabajos mal pagados, aunque favorecieron el crecimiento de la clase media por los buenos ingresos de algunos puestos y tratarse de jornadas en escritorio de bajo requerimiento físico frente lo realizado por los obreros. Tales características permitieron la incorporación de mujeres al servicio público con mayor facilidad que en otros trabajos.
Entre los años veinte y treinta, en uno de los cambios a considerar, la burocracia creció de forma constante. Por su parte, las mujeres llegaron, aunque sólo poco más de uno de cada diez puestos de trabajo (Porter, 2006: 193). Lo cual, las dejó en franca minoría en casi todo el aparato gubernamental.
A detalle, algunos órganos gubernamentales estuvieron exentos de la contratación de mujeres como fue el Congreso de la Unión y la Presidencia. En otros, la proporción puede mostrar algo de equilibro para la época, por ejemplo, las secretarías de Salubridad y la de Hacienda y Crédito Público sólo tuvieron una proporción de dos puestos para los hombres de cada tres.
Fuera de lo tradicional en los años treinta, la Secretaría de Educación Pública contrató mayoritariamente mujeres, alrededor de 60% de su plantilla laboral. En buena medida, las profesoras fueron parte importante para normalizar el ver a su genero en el mundo laboral del siglo XX.
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