Revuelta en Tehuantepec (1660-1661)

por Alef Pérez

En la Nueva España del siglo XVII, las tensiones sociales resultaron visibles en la Provincia de Antequera, en el actual estado de Oaxaca. Entre los alzamientos resaltó el de Tehuantepec por desarrollarse en diversas comunidades, el cual tuvo su chispa en la explotación a los indigenas por parte de las autoridades virreinales locales, en especial el alcalde mayor, Juan de Avellán, quien trató a los indigenas zapotecos con especial crueldad y obtuvo odio a cambio. 

El 22 de marzo de 1660 o el lunes de semana santa, los zapotecos de Tehuantepec comenzaron su alzamiento, el cual resultó planificado y usaron a las fiestas religiosas como distractor, tomaron sus comunidades y lograron colocar puntos de vigilancia en los cerros. Las autoridades locales escaparon o recibieron la pena capital por parte de los rebeldes entre los cuales se encontró el alcalde mayor, sin afectar a otros colonos españoles y a los religiosos. 

Tras tomar el poder, los rebeldes zapotecos formaron gobierno con sus propias autoridades. Mientras asaltaron la armeria y prepararon a su propia guardia. Con esa base, lograron organizar una sociedad viable por más de un año, que llegó a buscar el reconocimiento del monarca como parte del Imperio español, algo imposible de aceptar por parte de las autoridades del virreinato. 

Al poco tiempo, los zapotecos enviaron mensajes a las comunidades de su alrededor de la misma región de Tehuantepec y al menos 200 llegaron a sumarse (Semo, 1982: 281). Comenzaron a organizar su vida cotidiana y ampliaron su propio sistema de gobierno. Algunos puntos lejanos de la misma Provincia de Antequera intentaron realizar sus propios movimientos, aunque en esos casos resultó imposible avanzar o conectar con Tehuantepec como centro de la rebelión. 

De forma inmediata, el virreinato no estuvo en condiciones de derrotar a los alzados. Por lo cual actuó en términos políticos, envió al obispo de Antequera, Alfonso de Cuevas Dávalos, para comenzar las platicas de paz. Entre los alzados, algunos aceptaron el indulto y el movimiento terminó por quebrarse. Para 1661, entre quienes mantuvieron el alzamiento, la represión resultó implacable y los cadáveres fueron colgados en varias plazas como escarmiento a la población indígena. 

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